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Ensayo 01

El límite para los griegos

Partamos de lo que entendemos por un número par e impar. Sabemos por lo que nos enseñaron en el colegio que un número par es aquel que es divisible por 2; y un número impar, aquel que no lo es. Bastante simple ¿No? Pero para los pitagóricos, aquella secta filosófica de la antigua Grecia, los números no servían solamente para hacer cálculos, eran la constitución misma de la realidad, su arjé (fundamento último). Para ellos algunos números, como por ejemplo el 10, estaban revestidos de un carácter sagrado. En el caso de lo par, era lo indeterminado, ilimitado e imperfecto: lo impar, en cambio, lo determinado, limitado y perfecto ¿Qué significa esto? ¿Por qué? ¿Qué implicaciones tiene? Hagamos un experimento. Representemos el número cuatro y el número cinco mediante bolitas (Figura 1):

45
Figura 1

Si nos fijamos con atención hay en el cinco una unidad central que lo divide exactamente en dos partes iguales (la tercera); cosa que no sucede con el cuatro, el centro, en este caso, cae sobre un espacio vacío (Figura 2):

4Centro entre dos unidades5Unidad central
Figura 2

Esa unidad central constituye su límite. Otra razón para pensar el porqué de la perfección de los números impares es que si los vamos sumando progresivamente obtenemos los cuadrados de todos los números naturales.

1 = 1²
1 + 3 = 2²
1 + 3 + 5 = 3²
1 + 3 + 5 + 7 = 4²

Esto se puede apreciar visualmente con las bolitas, se puede ver en la (Figura 3) como se van formando los distintos cuadrados, expresión geométrica de lo anterior.

1 + 3 + 5 + 7 = 4²

Figura 3

De aquí los pitagóricos podrían haber deducido esta curiosa concepción de los números pares e impares. Pero esto al lector moderno le suscita preguntas. ¿Por qué lo limitado es perfecto y lo ilimitado, imperfecto? Responder a esta pregunta es zambullirnos en las profundidades de la sabiduría griega. Para nosotros, los modernos, lo ilimitado es sinónimo de algo deseable, de algo bueno. Pensemos por un momento en la concepción de libertad que tenemos, donde somos más libres mientras menos límites tengamos. Vemos en el límite una prisión de la cual tenemos que liberarnos. La libertad, hoy en día no tiene otro objeto que sí misma: ser libres para ser libres; no, ser libres para obrar el bien. Todo límite: ontológico, ético, económico, político, sexual, etc nos repugna. Nada más contrario al pensamiento griego donde, en su cosmovisión, todo tenía su justo lugar, su preciso límite, su naturaleza determinada (esencia), su telos (fin). El mundo era cosmos (orden). Nada en exceso es una de las máximas de los siete sabios de Grecia, Quilón de Esparta. Ya sea que miremos el Partenón, leamos sus tragedias o estudiemos a sus filósofos, siempre estará en el corazón de todo lo griego el límite. Meditemos un momento, por ejemplo, en este pasaje de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, que es la manifestación en el terreno de lo ético de esta idea:

Resulta entonces que la virtud es un término medio puesto que se orienta hacia lo medio. Por cierto, es posible equivocarse de muchos modos (porque el mal es propio de lo indeterminado como sospechan los pitagóricos y el bien de lo determinado); pero se acierta específicamente ( y así uno es fácil y el otro difícil: fácil resulta errar el disparo, difícil acertar). Y por esto también son propios del vicio el exceso y la insuficiencia en tanto que de la virtud es propio el término medio.

Luego cita a un poeta:

“Hay un sólo modo de ser bueno y muchos de ser malo”

El mal es propio de lo indeterminado: para errar solo hace falta dejarse arrastrar por las pasiones, seguir nuestros deseos, lo que nos dicta el corazón, como dice el lema de nuestros tiempos. Para acertar, en cambio, se requiere subir la empinada cumbre de la virtud, hace falta: templanza, fortaleza, justicia y, sobre todas las cosas, prudencia: saber ver en cada situación concreta la acción justa, hallar el limite, el punto medio entre el exceso y el defecto.

Pero en el ámbito más importante donde se manifestaba la idea de límite para los griegos era el de la religión mediante el concepto de hybris, que puede traducirse aproximadamente por desmesura. La hybris era el no reconocimiento del límite impuesto por los dioses, era una rebelión al orden divino, por lo tanto incurrir en hybris era un acto de impiedad con consecuencias devastadoras. Esta perenne idea se expresa en diversos mitos, uno de los más famosos es el de Ícaro. Éste, con las alas fabricadas por su padre, Dédalo, alas fabricadas con el fin de escapar de la isla de Creta en la cual ambos se encontraban presos, desatiende el sabio consejo de su padre de no volar demasiado alto ni demasiado bajo: llevado de un impulso juvenil, Ícaro, se acerca demasiado al sol, sus alas de cera se derriten, y cae desplomado en el fondo del mar. La carga simbólica y las enseñanzas de las cuales este mito está preñado son numerosas. Se puede pensar en estos tiempos que corren, por ejemplo, en el uso desmesurado que estamos haciendo de la inteligencia artificial: queriendo volar muy rápido y alto en alas de la técnica hacia el sol del conocimiento, terminamos externalizando nuestras capacidades a la máquina, embruteciéndonos a nosotros mismos, y, finalmente, nos precipitamos en el mar caótico de nuestra propia ignorancia. Les dejo adjunto el link al mito de Ícaro de acuerdo a la versión de Ovidio en su Metamorfosis.

Dédalo en vuelo junto a Ícaro, que cae hacia el mar.

La caída de Ícaro, de Jacob Peeter Gowy. Museo Nacional del Prado.

En la poesía podemos también ver esta concepción del límite y de la hybris expresada en la oda 10 del libro 2 del poeta romano, Horacio. En ella, por medio de sugerentes metáforas, el poeta clásico trata el tema inmortal de la aurea mediocritas (áurea medianía). Dice así:

Mejor vivirás, Licinio, si no buscas siempre el mar abierto, ni —por prudente temor a la borrasca— te arrimas demasiado a la insegura orilla. Quien prefiere el término medio, que vale lo que el oro, se libra, seguro, de las miserias de una casa arruinada; y se libra, sobrio, de un palacio que le valga envidias. El pino grande es el que los vientos más azotan, más dura es la caída de las torres altas, y es en la cima de los montes donde hiere el rayo.

En la desgracia mantiene la esperanza y teme en la prosperidad la suerte adversa el ánimo que está bien prevenido. Los ingratos inviernos los hace volver Júpiter, y él mismo se los lleva. No porque ahora vayan mal las cosas ha de ser lo mismo en el futuro: de vez en cuando Apolo a la callada musa con su cítara despierta, no siempre tensa el arco.

En los malos tiempos muéstrate valiente y animoso; y, prudente, también has de apocar tus velas cuando las hinche un viento favorable en demasía.

Qué se puede agregar a este maginífico poema. Aquí está concentrado todo lo que venimos hablando; aquí esta la virtud de la prudencia y la religión; aquí está la humildad de no creernos todopoderosos (soberbia), pero tampoco abajarnos hasta las bestias (pusilanimidad); aquí hay un orden que nos supera, que no controlamos y al cual debemos adecuarnos; aquí hay una realidad que nos precede y que debe ser conocida y respetada; aquí hay límites que nos limitan pero que nos abren a algo distinto de nosotros mismos, porque donde hay un limite hay un otro; aquí hay sabiduría…

A lo largo de este pequeño ensayo hemos partido de los aparentemente aburridos números pares e impares, hemos pasado por los pitagóricos y su asombrosa concepción de los números, hemos entrado en contacto con la ética de Aristóteles, hemos dado a luz a una de las verdades de un gran mito como el de Ícaro, hemos degustado un poema inmortal como el de Horacio, y hemos arribado al corazón del pensamiento griego, y no solo griego, sino humano: a una sabiduría tradicional y perenne que debemos recuperar. Hoy más que nunca tenemos que ser conscientes de nuestros propios límites; hoy más que nunca debemos conocernos a nosotros mismos como sentenciaba el oráculo de Delfos; hoy más que nunca debemos abrazar los procesos lentos y arduos, porque todo lo bueno madura lento. Seamos humildes, andemos en la verdad como decía santa Teresa de Ávila; sólo así nos abriremos a algo diferente de nosotros mismos; sólo así saldremos del engaño de que somos dioses conocedores del bien y del mal; sólo así nos encontraremos de nuevo con Dios y con el prójimo. La humildad, reconocer nuestros límites, vernos tal cual somos: pequeños y necesitados, pero a la vez colmados de un deseo de infinito, es principio de trascendencia y amor.