Juan B Terán · Fábula 01
La pedagogía del ocio
Original
La fecundidad del trabajo está en función del ocio, como la combustión del hogar lo está de la columna de aire de la chimenea.
El trabajo y el ocio remedan un parque: el primero son los árboles; el ocio, los espacios libres que destacan sus fustes y la masa de sus frondas sobre la luz. La savia cría las flores y los frutos, pero el aire y la luz le dan esplendor y sazón.
¿Concebís una ciudad sin calles? Tal es la imagen de una vida sin ocios.
El intercolumnio es vacío, el ocio es también vacío. La columnata muestra cómo el vacío ennoblece esa materia vulgar que se llama el ladrillo o la piedra, interponiéndose entre ellos. El intercolumnio no es la negación de la columna, sino su perfección, y, como ya vieron los griegos, el módulo es medida —a un tiempo— de la columna y del espacio libre entre columna y columna.
El ocio tiene también su ley, su medida, su unidad de armonía común con el trabajo. No es, por lo tanto, anarquía del espíritu, como el trabajo su disciplina; no es desenfreno que compensa la sujeción, es una nueva sujeción que da a la libertad la severidad de un ritmo.
Es solamente una nueva postura para abarcar el panorama. Es un ademán para restablecer un equilibrio que se debilita.
El descanso no es como el sueño; éste es la suspensión de la vigilia para refrescar su fiebre con el ensueño o dulcificarla en el olvido.
Se parece al sueño en que provoca el olvido del quehacer, pero se le diferencia en que sigue siendo vigilia. Es por esto una duplicación de la vida.
El ocio, ante todo, debe ser concedido a todos los hombres, como una exigencia de su naturaleza y una condición de salud física y espiritual. Pero no hay que equivocarse: la posibilidad de tener ocios y su extensión, es más el resultado de una capacidad personal que un don legal o externo.
Se puede tener poco trabajo y carecer de ocio si aquél es discontinuo o desganado. En cambio, una labor encorazonada, aunque prolongada, deja margen para un ocio alegre y creador.
Quien dispone de mucho tiempo y, lo que es frecuente, quien dispone de todo su tiempo para ocios es quien ordinariamente lo malbarata en un vagar sin curiosidad, cuando no en un enfermizo afán destructivo o venenoso.
Si graves son las fallas de la enseñanza más grave es la incapacidad para hacer la decoración con que el ocio ha de embellecer la vida.
El ocio no es el marco del cuadro, es el juego de luz y sombra que desde el fondo destaca el personaje del primer plano o da al paisaje la ilusión de la realidad. Podría decirse que es como el coro en el drama antiguo; las voces secretas que apoyan o comentan la actitud visible, el canevá oculto donde se inscribe el diálogo, guiado por sus hilos.
Antes de otra abstrusa explicación, si os sorprende por ilógico el mal éxito de la carrera de un hombre sabio y experto, buscad saber cómo llenaba sus ocios, y más de una vez hallaréis con ello la razón que lo aclara.
El ocio no depende, en gran medida, de la duración de la faena.
Carecen de él, por eso, en muchos casos, no los hombres que tienen largas jornadas impuestas, sino los de las jornadas voluntarias esclavizados por la codicia o la ambición. Son los grandes laboriosos sin ideales. Son espectadores que están en el teatro y se cubren los ojos con ambas manos.
El hombre moderno ha creado esa esclavitud más odiosa y vil que la antigua porque es voluntaria. Es un castigo dantesco para el egoísmo y la incomprensión de la vida.
El ocio debe ser empleado en asunto distinto de que forma el quehacer: tal es una segunda ley.
El trabajo intelectual debe completarse con el trabajo manual: la especulación, la abstracción debe buscar la herramienta con que se remueve la tierra o desbasta la madera. Por eso un inolvidable escritor da como norma de la nueva Arcadia con que soñó, hacer a todos los hombres trabajadores intelectuales y manuales a un tiempo.
¡Qué amplitud y nueva luz da al espíritu poder corregir la construcción mental con la arista reposadora de las cosas!
¡Con qué hermosa claridad escriben los artistas para cuyas manos y cuyos ojos son habituales las piedras y las plantas!
Los que no han manejado el contorno de la materia van al preciosismo y a la palidez, por alejamiento, en ambos casos, de la realidad.
Otra ley del ocio ha de ser la libertad que permita al espíritu crear su natural afán. La vocación profesional nunca es libremente elegida, por la edad en que se la abraza, por la presión mayor del ejemplo o del interés.
Importa una nueva oportunidad para la espontaneidad espiritual. A las veces, como corrección de las vías que abrió la primera juventud improvisadora, puede sacar a luz una fuerza prístina del espíritu que estaba condenada a muerte.
Pero la ley primordial es la del desinterés. Es ella la que da su pleno valor al ocio y permite poseerse a sí mismo y amar la tarea por sólo el amor de la tarea, hacer que la fuente que llevamos dentro discurra su linfa siguiendo el ritmo de su fuerza y su corriente.
Esta condición es esencial para que se alcance el fin del ocio: perfeccionar y embellecer nuestras horas frágiles para que antes de que se rompa el hilo que las une, desprendan una nueva armonía en el mundo.
Para esto el ocio debe ser llenado con desdén absoluto de toda malicia o conveniencia: en ello se ha alejado por entero del quehacer. En este aspecto es su antítesis. En el ocio todo hombre debe aproximarse al artista o al filósofo, a uno y a otro, a un tiempo. Deja de ser un rodaje o un tornillo. Sea generoso el hombre con su ocio: abandónese a él. Si colecciona, si poda, si juega, que tenga su colección los mejores ejemplares, sea medido de ramas y pomposo de rosas su rosal, que sea su gesto en el juego alegre y sabio.
Llegamos aquí a enunciar dos finalidades que la vida moderna exige realizar al ocio: sea el camino que otorgue soledad y que aproxime a la naturaleza.
De soledad y naturaleza está privado el hombre moderno, por obra de la concentración de las grandes urbes, de la urbanización creciente de la campaña, de la vida industrial, la fiebre de las pasiones, el infatigable hostigar de las necesidades cada vez más artificiales que ellas germinan.
Tal vez fuera más exacto decir lo contrario, o sea, que por falta de la hora de soledad y por el alejamiento de la vida natural, nuestras necesidades y nuestra turbación han crecido tanto.
Hemos concluido por desconocernos a nosotros mismos, a temer escuchar la voz de nuestro propio corazón, y a caminar un poco como delirantes, un poco como sonámbulos.
Esa congoja ahogada de los modernos que se resuelve a veces en una mueca sonriente y cansada, debida al alcohol de la actividad febril y de la excitación de las ambiciones, encontrará remedio en el cultivo de esas dos direcciones.
La resistencia del viandante señalará la estación en que, siguiéndolas, habrá de detenerse: unos llegarán a gustar la sencillez simplemente, otros, más audaces, sanarán de la locura de la vanidad, algunos reconocerán en más prolongada marcha la armonía profunda del universo. Ese es el camino.
Andándolo, se habrá visto la fuente de la inquietud que nos consume: considerar que la felicidad es una cantidad, una caja repleta, una copa desbordante, un cántaro que regurgita.
La soledad y la naturaleza le harán descubrir, sin querer, sorprendido, las estrellas y escuchará voces inesperadas y anunciadoras en la tierra. Tendrá el instante que Pitágoras aconsejaba para repasar las acciones del día, el caer de la tarde, que es el instante que el cristianismo recogió para engarzar en el oro de su último rayo la paz contemplativa del angelus.
El quehacer, por su naturaleza parece cuantitativo: vierte su fruto en la copa o en el cántaro, y ni en el llenar de ellos parece que se fatigara su apremio.
El ocio abasta también la copa o el cántaro, pero no vertiendo en ellos sus frutos, sino apocando la sed y dando al agua un sabor más recóndito y una virtud aplacadora que, en verdad, está en los labios del que perdió el tiempo mirando las estrellas o recogiéndose un instante a la caída de la tarde.
Versificación
Hombre de espíritu arremolinado,escéptico, frenético, aturdido;por el insomnio todo consumido;de pantallas, de ruido atolondrado¿A dónde te diriges apurado?¿De oro, placer y honor no estás henchido?Gota a gota la vida has exprimido.Detente bruto de razón privado.¿No oyes en el silencio del ocasoel profundo latir de cada cosa:ese secreto, tácito rumor?El sol se dona ya en su diario paso;fruto del don la luna nace esposa,y de ella estrellas hijas de su amor.
